Cuando las cuatro patas comenzaron a pisar las baldosas de esta casa, era muy pequeña. Tan sólo se limitaba a reconocer ese nuevo hogar, a olerlo, a saborearlo, a sentirlo. Las dos patas estaban embarradas de juguetes infantiles, pinturas de colores, discusiones matrimoniales, comidas vegetarianas, posturas de yoga, libros de auto-ayuda y de vez en cuando se ahogaba en una piscina de sueños por llegar.
Pero cuando las patas, las cuatro, comenzaron a crecer y a tener ese andar, todo fue cambiando.
La "dos patas" era un torbellino de bailes por las mañanas, y cuando se lo permitía lo hacía hasta altas horas de la noche contribuyendo a los comentarios en los halls de las plantas: "¿Qué le ha pasado a esa mujer? Se la pasa bailando" "Yo también escuché voces y gemidos en los balcones, en la cocina, los platos se rompían, las sartenes colisionaban con el suelo, sonaban los juguetes del niño, el piano de colores no paraba de emitir melodías" "Tiene el pelo mas largo. ¿Dónde se vio que una mujer que va envejeciendo se deja el pelo mas largo?" Ella sonreía, era de su agrado que siguieran sus pasos, y posaran sus orejas encima de las paredes.
La "cuatro patas" empezó a darse cuenta que la mirada de "dos patas" algunos días cambiaba. Los ojos brillaban mas que de costumbre, la gata la sentía más cerca de su esencia, que de la de otros humanos . Ella , la mujer que bailaba en cada esquina de la casa, ahora desprendía una fragancia que la gata sentía muy apetitosa.
Así fue como un día la siguió, por toda el hogar, mientras sonaba The Ocean de Richard Hawley, la "cuatro patas" la veía bailar con los palos de escoba, las cacerolas que fregaba, las verduras que cortaba, hasta que en un arrebato dejó que todo en la cocina se volviera caos. El fuego ardía, las aguas hervían, los recipientes se rebalsaban, la puerta de la nevera había quedado abierta y flameaba con el viento que entraba por la puerta.
Y comenzó el ritual. Las patas , las dos, la de dos patas tumbada, viendo como en el techo se pintaban ribetes y caracolas como si estuviera observando su propia capilla Sixtina. La otra, la de cuatro patas se tumbaba sobre su pecho desnudo, mientras convulsionaba, las caderas ardían, las patas, las dos, la de dos patas, removía sus extremidades como queriendo hacer garabatos en todo el edredón de color malva. La gata tan sólo respiraba en esta isla de convulsiones, ella era capaz de sostener ese torbellino con las más absoluta templanza. Al fin se habían unido en esencia. Cada una entendió el sentido de sus existencias en ese lugar.
La cama también se volvió una extensión de la cocina; las aguas hervían , los fuegos ardían, las puertas se abrían y cerraban con el viento. Ellas se habían unido en varios suspiros y maullidos. Se las confundía en su andar, a veces la mujer parecía una gata, y a veces la gata era una mujer.
En uno de esos días de rituales ella recordó la frase de un escritor maldito que la acompañó desde los 15 : "'Creo que el mundo debe estar lleno de gatos y lleno de lluvia, eso es todo, sólo los gatos y la lluvia, la lluvia y los gatos''.

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